Desde media hora antes del comienzo del partido ya advertí mucho bullicio en la casa. Se concentraba en torno a la TV de la sala, la que tiene más luz y en la que se está más fresco.
Años después sabría que aquel encuentro significaría para España el pase a las semifinales de la Copa de Europa de Selecciones de Fútbol del Año 2012.
Yo acababa de comer y en mi estómago repleto se acumulaba mucha sangre para favorecer la digestión. Tanta, que me producía un estado de somnolencia. A pesar del creciente murmullo, yo me relajaba pues me sentía más acompañada y más integrada en la casa y en la familia. Mi abuela no tenía claro que yo debiera permanecer allí; no dormirá agusto -decía. Mi madre advirtió a todos que, si marcaba España, ¡Por Dios!, no gritasen en exceso.
El caso es que cuando finalizó el encuentro aún estaba profundamente dormida sobre el pecho de mi tía.
Aunque me sentía bien y todos los olores y sonidos de fondo me resultaban conocidos, chillé un poco. Ya voy entendiendo que, cuando me expreso gimiendo, enseguida acuden mis dos voces preferidas.
Se acercan a mi oído y me nombran Nahla.


