Y tratamos de imaginar el infinito.
Pero siempre podemos pensar dos metros detrás del infinito, lo cual deja sin autenticidad al infinito antes pensado, porque entonces ya no es infinito.

Después dábamos el salto al tema de la eternidad.
En esto los curas eran auténticos maestros.
Imagina -decían- una pequeña hormiga caminando por una esfera de acero del tamaño de La Tierra. Esta hormiga hacendosa y pertinaz va dando la vuelta a esta Tierra de 40.000 km pasito a paso. Cuando completa por fin su vuelta sigue exactamente por el mismo camino y da una vuelta más y luego otra y otra.
De tanto pasar por el mismo caminito esta hormiga obstinada llegaría a hacer un surco en el duro acero. Con el paso de tantos milenios como no puedas llegar a imaginar, esa Tierra de acero llegaría a partirse en dos.
Pues bien, en ese momento la eternidad apenas estaría empezando.
Algunos, más perversos, nos hablaban entonces del fuego eterno donde los que pecaran iban a arder eternamente, sin que pudieran consumirse jamás.
Y nuestras tiernas almas se estremecían y sangraban por las cuatro esquinas. Nosotros, que sentíamos hervir la vida por dentro y queríamos comernos al vecindario a mordiscos y besos.
Manolo, nuestro amigo de Barcelona, me contaba este verano otras metáforas que a ellos les sugerían:
Imagínate, alma pecadora, un insignificante pajarillo, un diminuto colibrí, que una vez cada cien años llegara al espacioso océano y cogiera agua con su piquito y se fuera volando. Pasado un siglo regresaría el pajarito leve y frágil a beber de nuevo. Y una vez más al siglo siguiente, y así sucesivamente. Pues entérate, amigo, agotaría el colibrí el agua de todos los océanos y la eternidad no habría hecho más que empezar.
Quizá aquellos santos varones fueran mucho más inteligentes que yo y sabían de lo que hablaban. No voy a juzgarlos, hoy no toca. Tal vez podían pensar un espacio curvo que se pliega sobre sí mismo o un eterno retorno sin retorno.
Yo soy más finito, más prosaico.
Y tú, ¿cómo lo ves?





