Al aterrizar el avión en Yaoundé, la capital, uno es consciente de que está en África: Esa inmensidad sin fin de países y paisajes. Te saluda un calor húmedo cargado de olores desconocidos, y te persiguen una docena de jóvenes que te ofrecen taxi, hotel, plátanos, cacahuetes...
En el trayecto a la ciudad comprobamos que la noche es mas oscura que en España: Sólo algún punto luminoso, de neón, en el porche de los caseríos. No hay señalización de ningún tipo en la carretera a pesar de obras y socavones por doquier. Ya en la habitación del Hotel empiezan las sorpresas: El suelo es de moqueta (limpiada por última vez el día de su inaguración, allá por los años setenta del pasado siglo); la ducha (sin plato ni bañera) vierte el agua en el centro del cuarto del aseo, donde hay un sumidero; el WC tiene la tapa descoyuntada y el mobiliario se ve sucio a pesar de la luz mortecina.
En estas condiciones ¿quién se atreve a tocar los mandos de la grifería? ¿Quién se atrve a meterse en una cama cuya colcha está doblada y sucia, y cuyas sábanas sobadas?. ¿Quién a deshacer la maleta?
Paradójicamente hay TV y frigorífico. Me distraigo en canales de vídeos musicales de música camerunesa: Ritmo, baile trepidante, movimiento sensual. Los cantantes son hombres invariablemente. Ellas son las que bailan.
Tras matar alguna cucaracha y echar spray repelente de mosquitos en mi cuerpo, intento dormir aunque sobresaltado por lo que me deparará el nuevo día. Amanece sobre las cinco y media, y al mirar por la ventana veo casitas con el tejado de latón, la calle de arena y con árboles; hay obras en el interior de algún patio, suciedad y materiales desordenados.
Desde la furgoneta, la calle es un rio de gentes a ambos lados: Unos caminan, otros esperan vender en pobres puestos pan, plátanos, sillones, cacahuetes, gasolina en botellas de plástico, buñuelos... No es un día de mercado sino un día cualquiera en el que hay que sobrevivir a pesar de las dificultades para obtener alimento o algo de dinero.
Por el centro de la calzada circulan pocos coches (casi todos toyota de color amarilo) y bastantes motos. Los vehículos tocan el clason a menudo. El primero que toca es el que adelanta o el que avisa a un peaton para que se eche a un lado. Parece caótico pero es fluido a pesar de que no hay semáforos. Los edificios están a medio rematar. Un niño juega a conducir utilizando un palo y una rueda, y parece que se olvida que en su cabeza lleva un plato equilibrado con unos zapatos para vender. Juega y sobrevive felíz. Un militar camina digno y lento con su mochila, se cruza con una mujer de vestido largo y colorido vistoso, y con otra que va como enajenada y completamente desnuda. Y después están los que están sentados: en un puesto o en un tendejón, descansando del trabajo de la madera o del arreglo de coches...
Visitamos el Parque Nacional de la Mefou que es reserva de gorilas, chimpances y babuinos, y que está gestionada con ayudas de los visitantes. Para llegar allí viajamos en furgoneta por un camino en un bosque de boababs, acacias y palmeras, espadañas y helechos. La casa típica de esta zona la construyen con ramas de árboles a las que se añade barro (ver foto).
Hacemos una parada en un puesto de piñas en la propia carretera, y allí mismo la comemos con fruición de blancos hambrientos. Una joven lleva a la espalda un bebé, y cuida de otro de unos dos años que gatea en lo alto de la cuneta. La mujer grita al niño, parece prohibirle algo y este protesta pero finalmente obedece aterrado. Despues le tiende la mano y le habla suave, y el niño sonríe, ya seguro, y con los ojos iluminados.
En el trayecto a la ciudad comprobamos que la noche es mas oscura que en España: Sólo algún punto luminoso, de neón, en el porche de los caseríos. No hay señalización de ningún tipo en la carretera a pesar de obras y socavones por doquier. Ya en la habitación del Hotel empiezan las sorpresas: El suelo es de moqueta (limpiada por última vez el día de su inaguración, allá por los años setenta del pasado siglo); la ducha (sin plato ni bañera) vierte el agua en el centro del cuarto del aseo, donde hay un sumidero; el WC tiene la tapa descoyuntada y el mobiliario se ve sucio a pesar de la luz mortecina.
En estas condiciones ¿quién se atreve a tocar los mandos de la grifería? ¿Quién se atrve a meterse en una cama cuya colcha está doblada y sucia, y cuyas sábanas sobadas?. ¿Quién a deshacer la maleta?
Paradójicamente hay TV y frigorífico. Me distraigo en canales de vídeos musicales de música camerunesa: Ritmo, baile trepidante, movimiento sensual. Los cantantes son hombres invariablemente. Ellas son las que bailan.
Tras matar alguna cucaracha y echar spray repelente de mosquitos en mi cuerpo, intento dormir aunque sobresaltado por lo que me deparará el nuevo día. Amanece sobre las cinco y media, y al mirar por la ventana veo casitas con el tejado de latón, la calle de arena y con árboles; hay obras en el interior de algún patio, suciedad y materiales desordenados.
Desde la furgoneta, la calle es un rio de gentes a ambos lados: Unos caminan, otros esperan vender en pobres puestos pan, plátanos, sillones, cacahuetes, gasolina en botellas de plástico, buñuelos... No es un día de mercado sino un día cualquiera en el que hay que sobrevivir a pesar de las dificultades para obtener alimento o algo de dinero.
Por el centro de la calzada circulan pocos coches (casi todos toyota de color amarilo) y bastantes motos. Los vehículos tocan el clason a menudo. El primero que toca es el que adelanta o el que avisa a un peaton para que se eche a un lado. Parece caótico pero es fluido a pesar de que no hay semáforos. Los edificios están a medio rematar. Un niño juega a conducir utilizando un palo y una rueda, y parece que se olvida que en su cabeza lleva un plato equilibrado con unos zapatos para vender. Juega y sobrevive felíz. Un militar camina digno y lento con su mochila, se cruza con una mujer de vestido largo y colorido vistoso, y con otra que va como enajenada y completamente desnuda. Y después están los que están sentados: en un puesto o en un tendejón, descansando del trabajo de la madera o del arreglo de coches...
Visitamos el Parque Nacional de la Mefou que es reserva de gorilas, chimpances y babuinos, y que está gestionada con ayudas de los visitantes. Para llegar allí viajamos en furgoneta por un camino en un bosque de boababs, acacias y palmeras, espadañas y helechos. La casa típica de esta zona la construyen con ramas de árboles a las que se añade barro (ver foto).
Hacemos una parada en un puesto de piñas en la propia carretera, y allí mismo la comemos con fruición de blancos hambrientos. Una joven lleva a la espalda un bebé, y cuida de otro de unos dos años que gatea en lo alto de la cuneta. La mujer grita al niño, parece prohibirle algo y este protesta pero finalmente obedece aterrado. Despues le tiende la mano y le habla suave, y el niño sonríe, ya seguro, y con los ojos iluminados.
5 comentarios:
Buf! que largo Jaimitus y ¡vaya fotos! bueno...
Muchos besos!
,,*M@rt!usk!*>
¡Qué bien escribes, James!
Da gusto leer.
Lo que siento se ganas de vivirlo. Más aún: de haberlo vivido contigo. No descartes organizar alguna juntos. Uno se siente más apoyado, menos solo.
Dicen que dices que de África ya tuviste bastante. Pues a mí me has abierto el apetito. Es bueno saber que el mundo está lleno de moscas y que no todo es nuestra casa aséptica y segura, nuestra ciudad donde estamos a salvo, nuestro sueldo que nos da paz y sosiego.
Las fotos son increíbles. Que nadie se olvide de pinchar en ellas para verlas grandes.
Por cierto, ándate con ojo: uno de los gorilas se aprendió tu nombre y por si fuera poco te ha mirado mal.
Bueno esto parece que se anima, es mas, me atreveria a pedirte que continues con las entregas, por favor;
Estoy disfrutando de tu viaje, tán bien narrado que me parece viajar contigo, casi puedo verlo por un agujerito, pero sin sufrir las moscas ni el hambre, ni el calor pegajoso. Es una forma mas descafeinada de hacer turismo pero tambien mas barata y limpia, y sobretodo, no cogeré ningun virus intestinal. Lo siento, VIctor, pero yo no me apunto, prefiero ver los toros desde la barrera.
Hola! bueno, veo que Jaima ha contado un poco ya de su experiencia personal, según se va leyendo parece que estás ahi, viajando en la camioneta, viendo toda esa gente... espero que sigas contandonoslo asi porque está interesante el viaje, claro, no es lo mismo verlo que leer la historia...
saludos y besos!!
Gracias Marta por ver las fotos, y Alba y Sr Explorador por querer leer mas entregas.
Qué buena idea, Víctor, la de dar clic en las fotos y ver los detalles. Se ven la paz y sonrisas interiores, la sensualidad oculta y tantos detalles de la selva o de la casa de madera y barro.
Estoy contento pero suena de fondo la musica T. Chapman que acompaña a las fotos del 27 de Agosto en el blog... y estoy, también, llorando. No se lo que dice, pero si cómo lo dice.
¡qué emociones a la vez, el día de fiesta de la Comunidad Asturiana¡
BESOS.
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